El jardín de las delicias

Erase una vez en un lejano país un hermosos jardín, donde habitaba en su palacio un jeque de porte recio y carácter severo. Él jardín era amplio y variado, y limitaba por todos sus contornos con el bosque, mas salvaje y misterioso. En el corazón del jardín se situaba el palacio, que, visto por los ojos del halcón que frecuentemente lo sobrevolaba, parecía una pequeña casa comparado con la extensión que lo rodeaba.

La brusquedad y el trato esquivo que mostraba el jeque con los seres humanos contrastaba con la delicadeza y el cariño con que observaba las plantas de su jardín. Los pocos que habían tenido la oportunidad de contemplarlo, ya que el jeque no tenía muchos amigos ni era partidario de fiestas ni banquetes, decían que no habían visto nunca nada tan hermoso.

En uno de sus paseos el jeque observó que el pequeño ciruelo estaba invadido por una plaga. Retiró una hoja con los insectos que se la estaban comiendo y ordenó analizarla y que le aplicaran un producto apropiado para combatirla. Así se hizo, pero no dio resultado y la plaga comenzó a extenderse a otros árboles de alrededor.

El jeque estaba consternado viendo que lo que mas quería en el mundo poco a poco iba enfermando. Mandó traer los mejores jardineros del reino y alrededores, pero ninguno parecía dar con la solución.

Un día apareció por allí un extraño hombrecillo; iba vestido de harapos y tenía una mirada penetrante que a algunos les relajaba y a otros les ponía muy nerviosos. Estaba discutiendo con los guardianes del palacio, que veían en él un simple pordiosero y no creían lo que les decía sobre que era capaz de sanar el jardín, cuando les escuchó el jeque que, cabizbajo, paseaba por los alrededores de la puerta. Se acercó a ellos, y mirando a los ojos a aquel extraño hombrecillo le invitó a pasar, le acomodó en una hermosa estancia con vistas al jardín, y ordenó a la servidumbre que le facilitasen todo aquello que el “invitado” solicitase.

Durante un par de meses el invitado no hizo otra cosa que pasearse por el jardín y observar minuciosamente cada una de las plantas. Se quedaba absorto contemplando al fuerte roble, sus delicadas ramas jóvenes y sus hojitas tiernas. Observaba a la enredadera como se aferraba a lo que hubiera cerca para trepar y gozar de la luz que le daba la vida, a las jugosas briznas de hierba, malas hierbas las llaman algunos aunque a él le parecían delicadas y hermosas...Así pasaba las horas en el jardín. También se paseaba por la zona infectada por la plaga y observaba como esos pequeños insectos eran capaces de destruir grandes y centenarios árboles, y sufría viendo los troncos secos como cadáveres vivientes. Cogía en sus dedos los pequeños causantes de la enfermedad y observaba como uno a uno también tenían su belleza, y comprendía que lo que hacían era simple cuestión de supervivencia.

Cuando llegaba la hora de la comida el jeque y su invitado se sentaban a los extremos de la mesa y degustaban los exquisitos platos que la servidumbre les preparaba. No hablaban, solo se miraban a los ojos y la presencia del invitado parecía tranquilizar al jeque.

Después de haber recorrido cada rincón del jardín, el hombrecillo decidió salir a observar el bosque de los alrededores. Comprobó que allí no había plagas y todo parecía crecer en paz y armonía. Hubo algo que le llamó la atención: en el bosque había multitud de insectos y pequeños animalillos que parecían darle movilidad. También escuchó diversos cantos de pájaros y observó huellas de mamíferos, mudas de serpientes y restos de nidos.

Después de tres meses de estar hospedado en el palacio, el invitado rompió su silencio para preguntar al jeque: “¿Por qué no hay casi insectos ni otros animales en tu jardín?”. El jeque le contestó que había dado la orden que cada semana echaran insecticida para proteger a sus plantas, y para que los pájaros no se comieran las semillas tenía varios cazadores apostados en lugares estratégicos con orden de disparar a toda ave que lo sobrevolara, excepto a su mascota el halcón.

El invitado contempló al jeque con cara de comprensión y le dijo que ordenara dejar de cazar y de echar insecticida. El jeque le miró con los ojos aterrados, como si le fuese imposible acceder a sus peticiones, y protestó: “Lo que me pides es una locura, los insectos y las aves invadirán mi jardín y lo destruirán. No puedo hacerlo”.
El invitado no contestó nada, simplemente en el desayuno del día siguiente le pidió al jeque que le acompañara al bosque. Allí le mostró la vida en toda su plenitud que cobijaba el bosque, y como insectos, serpientes, lagartijas, ratones y aves convivían en perfecta armonía con los árboles, arbustos y hierbas, y en vez de debilitarlo parecían darle mas vida al bosque.

El jeque comprendió, y a su regreso pidió a los cazadores y a los jardineros reales que dejaran de disparar y de echar insecticida. Éstos le miraron con preocupación pensando que se estaba volviendo loco pero, como su deber era obedecer, dejaron de hacerlo.

Al principio parecía que el jardín se estaba deteriorando mas, surgieron enfermedades en algunas plantas, no solo en la zona donde estaba la plaga, sino también en algunos árboles aislados, los más débiles. El jeque empezó a preocuparse, y por primera vez dudó de la sabiduría del hombrecillo. En las comidas le resultaba difícil mantener la mirada en los ojos de su invitado, el cual se dio cuenta pero no le alteraba. Cuando estaba a punto de tirar la toalla y echar al invitado de su palacio, paseando por el jardín el jeque comprobó que la plaga estaba remitiendo. Fijó su atención en el suelo y observó que unos pequeños gusanos se comían a aquellos insectos que antes le habían parecido indestructibles; miró a las flores y vio como las abejas libaban y cargaban el polen en sus patitas. Mas arriba observó que  en la horquilla de uno de sus árboles preferidos había un nido, y contempló con alegría a los pequeños polluelos que piaban llamando a su madre.

Todo aquello le resultó hermoso, y por primera vez después de mucho tiempo una sonrisa se dibujó en su cara. Ese día en la comida el jeque habló a su invitado: “He comprendido tu mensaje, por intentar proteger lo que mas quería lo estaba ahogando evitando que entrara en él la vida. Ahora mi jardín se empieza a parecer mas al bosque y eso me gusta. Voy a tirar las murallas que lo separan del entorno”

El invitado le contestó: “Me alegro que tu jardín haya recuperado la vida, pero no te precipites en tirar las murallas, vete poco a poco abriéndote al bosque, tirando un poquito cada año. Invita a tu pueblo a alguna celebración aquí para que ellos puedan contemplar contigo la belleza de tu jardín. Creo que ya has aprendido todo lo que necesitabas. ¡Buena suerte!”, y diciendo esto el hombrecillo volvió a vestir sus harapos y salió por donde había entrado.


                                                                                              Madrid, Abril de 2.002

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